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Los recipientes de plástico siempre leales y preparados se encuentran en un armario de la cocina. Estos recipientes parecen multiplicarse de manera mágica. ¿Quién no ha olvidado la tapa de uno mismo y el sentido que lo llevaba a las profundidades del desorden en el hogar? A veces uno cree que son como conejos, quitándose el sombrero al lavar los trastos. ¿Era contenedores de plastico de que no son solo cajas para guardar sobras?

Estos productos carecen de restricciones en su adaptabilidad. Se puede preparar una gran cantidad de arroz y dividirlo para la semana. El café triturado mantiene su esencia bajo ese plástico, no mencionar. Solo se requiere un contenedor grande para solucionar el problema de los legos dispersos en el suelo. Un niño expresa: "¡No quiero otra sopa, mamá!" Su comida se transporta de manera segura en una caja de plástico preparada para el recreo.

Nada expresa más "ingenio puro" que una planta que se desarrolla en un viejo recipiente de yogur. ¿Quién no ha hecho uso de uno como maceta improvisada? Una respuesta práctica y una advertencia ecológica. Son los compañeros ideales en el taller para almacenar clavos y utensilios de carpintería, aparte de la cocina. Evita el suspiro que provoca el interrogante "¿dónde rayos puse esa tuerca?".

Estos empaques destacan por su longevidad. Resguardan de caídas, pérdidas de memoria y variaciones de temperatura. Oficialmente continúan en uso si los giras en el microondas treinta veces, aunque pierden su dignidad y se deforman. La habilidad para adaptarse y sobrevivir es el alma del recipiente de plástico.

Uno se emociona al descubrir un contenedor con cierres sellados, ya que nada puede escapar de él, ni aromas ni fluidos. Siempre está presente el traidor que, sin importar cuánto lo cierres, una gota se escapa y destroza tu mochila. Incierta es la vida.

En cualquier encuentro o picnic, los contenedores se intercambian y meses después regresan con restos de comida. La pregunta común es: "¿Es tuyo o mío?" Sin desentrañar un enigma.

El plástico no perdura eternamente; sin embargo, no debemos perder de vista este hecho. Cuando sea factible, es preferible rotar, reciclar y explorar alternativas más amigables. Los tarros anticuados pueden transformarse en organizadores, juguetes o proyectos de construcción propia. Lo antiguo regresa con un rostro distinto y un objetivo diferente en ocasiones. Siempre con ese recuerdo compartido de haber simplificado la vida cotidiana. Los recipientes de plástico leales a menudo duran mucho tiempo, a pesar de jugar a escondidas con sus tapas.